Ya veremos…

12 febrero, 2008

A Hombros de Gigantes

 
Y digo yo…
 

El último granito de arena en la cima de la montaña mira a su alrededor y contempla, sin prestar demasiado interés, el impresionante paisaje que se le ofrece, la amplitud del horizonte, los kilómetros y kilómetros de tierras que abarca con la vista, sin ser consciente de las toneladas de tierra que bajo él siglo tras siglo se han ido alzando para auparle.

Igual que ese granito de arena, miramos desde niños la pizarra y entendemos sin esfuerzo que la tierra gira. De un vistazo nos hacemos con el orden de los planetas, dibujamos el modelo heliocéntrico con plastidecores como quien organiza canicas y podemos imaginar sin reparos galaxias lejanas con otras estrellas y otros planetas, con más lunas, y  hasta medio entendemos los agujeros negros y el Big Ban y que en cosas de ciencia hay cierta relatividad. En cierta manera, incluso nos sorprende que alguien pudiera en el pasado ignorar la ley de la gravedad y tantas otras cosas tan sencillas y obvias… 

Pero para ello antes de nosotros se fueron sucediendo los esfuerzos de mente tras mente, barriendo los prejuicios, las imágenes heredadas de los mitos y las ideas preconcebidas, superando los tabúes que nos habíamos autoimpuesto con nuestras religiones y costumbres, mirando más allá, atreviéndose a insinuar y desdecir, observando críticos y perplejos el devenir extraño de los astros en la noche, meditando con la doctrina de la fe en una mano y el telescopio en otra, calculando milimétricas respuestas a preguntas a veces prohibidas, reorganizando ideas, innovando nuevos caminos para el saber… 

 Caminos que luego nosotros caminaríamos sin tropiezos.

Miramos subidos a los hombros de los gigantes que nos precedieron, y por eso vemos tan lejos y tan fácil. 

 

Me gusta esa idea. 

La idea de que nuestro pensamiento no es sólo nuestro, si no que es un crescendo imparable, nacido al principio de los tiempos, cuando por primera vez el hombre alzó la vista y le entró una duda. 

 Que antes y después, y al tiempo que nosotros, algo más grande suma nuestras capacidades una después de otra y el menos sabio es al final mil veces más sabio de lo que jamás hubiera sido sin esta mente colectiva. Como el niño llega más allá de lo que puede usando por punto de apoyo lo que puede el otro, así nosotros crecemos como especie, un único ente con millones de cerebros atemporales, una mente, un pensamiento construido a base de apoyar una idea sobre otra idea, tomando de una cultura para otra y de esta a la primera, atreviéndonos a avanzar entre retrocesos, entre confusiones y tropiezos, ratificando los esbozos de los gigantes anteriores y esbozando nuevos horizontes para los que sigan…

 

“Si he logrado ver más lejos
ha sido porque he subido a hombros de gigantes”
        
Isaac Newton

 

 

Hay  libros que no son solo libros, son algo más. Reconozco que hay libros que me inspiran cierta reverencia y que me gusta su presencia en mi hogar, como si emitieran ciertas vibraciones casi místicas, como la Biblia, el Corán, la Torá… 

No es que crea que fueron dictados por ningún dios ni nada por el estilo, lo mío es una devoción humana. Me impone la fe que en esas palabras fueron depositando siglos y siglos de creyentes, la influencia que ejercieron en nuestra cultura a lo largo de los tiempos, su significado como parte de nuestra historia. En ellos late la génesis de lo que somos, de nuestra forma de entender el mundo, algunas de nuestras mejores virtudes están ahí recogidas y también de ellos nacieron muchas de nuestras limitaciones.

Estas Navidades uno de esos libros llegó a nuestras manos, una recopilación de algunos de los pasos brillantes que iluminaron la senda en crecimiento de nuestra cognición. Quienes lo compraron sólo pretendían regalar un libro sobre estrellas a alguien a quien conocen poco y que tiene un telescopio en el salón. Se titula A Hombros de Gigantes, y en él se reúnen los principales textos originales (traducidos, claro) de 5 de los gigantes más significativos en la construcción del pensamiento científico y del concepto del universo que hoy tenemos, con comentarios de Stephen Hawking, que es uno de esos escasos científicos a los que los profanos podemos leer con deleite de vez en cuando. 

Qué le vamos a hacer… No creo que jamás los lea del todo, no me siento capaz de enfrentar las fórmulas y razonamientos que presentan y la física y la astronomía no forman parte de mi literatura favorita… Pero me encanta asomarme por encima a esas obras rescatadas de nuestra historia y tener en las manos esos textos, como un relicario del conocimiento. Tal vez sea otro tipo de religión la que inspira mi devoción en esos momentos, una que adora la maravilla de la mente humana y el potencial de sus posibilidades por encima de lo que es o lo que ha sido. 

Como anécdota, me ha gustado saber que a Kepler quien le mostró por primera vez en su vida el gran cometa que atravesaba el cielo fue su madre, a quien años después tuvo que defender de la acusación de brujería (si es que ser mujer y astrónoma…). Aunque tampoco le extrañó mucho, ya que a su vez ella era hija de una bruja declarada y practicante (de raza bruja y femenina le viene a ese galgo la ciencia). 

Y a modo de observación, recordar que pese a ser todos ellos responsables de quebrar las bases de la Iglesia… la mayoría de los gigantes eran devotos creyentes. Podría presumir el Vaticano de lo bien que dota Dios a sus más fieles siervos… pero no. Siempre a rastras con una iglesia estúpida, con lo bien que podía irle si no se empeñara en prender fuego a sus genios…  

 

 
 
 

 

Yo, Galileo Galilei, hijo del fallecido Vincenzio Galilei de Florencia, de setenta años de edad, juzgado personalmente por este tribunal, y arrodillado ante Vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Señores Cardenales, Inquisidores Generales de la República Cristiana contra las depravaciones heréticas, teniendo ante mis ojos los Santísimos Evangelios y poniendo sobre ellos mi propia mano, juro que siempre he creído, creo ahora y que, con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo lo que la Santa Iglesia Católica y Apostólica mantiene, predica y enseña.

Pero como yo, tras haber sido amonestado por este Santo Oficio a abandonar completamente la falsa opinión de que el Sol es el centro inmóvil del universo, y que la Tierra no es el centro del universo y se mueve, y a no sostener, defender o enseñar de ninguna manera, ni oralmente ni por escrito, la mencionada falsa doctrina; y tras haberme sido notificado que dicha doctrina es opuesta a las Sagradas Escrituras, escribí y di a la imprenta un libro en que trato de dicha doctrina ya condenada, y presento argumentos de mucha eficacia en su favor, sin llegar a ninguna conclusión: he sido hallado vehementetemente culpable de herjía, es decir, de haber mantenido y creído que el Sol es el centro inmóvil del universo, y que la Tierra no está en el centro del universo y se mueve.

Sin embargo, deseando eliminar de las mentes de vuestras Eminencias y de todos los fieles cristianos esta vehemente sospecha razonablemente concebida contra mí, abjuro con corazón sincero y piedad no fingida, condeno y detesto los dichos errores y herejías, y generalmente todos y cada uno de los errores y sectas contrarios a la Santa Iglesia Católica. Y juro que en el futuro nunca más defenderé con palabras o por escrito cosa alguna que pueda acarrearme sospechas semejantes; y si conozco algún hereje, o sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio, o al Inquisidor y Ordinario del lugar donde me encuentre.

También juro y prometo cumplir y observar enteramente cuantas penitencias me impusiere este Santo Oficio. Y si contravengo cualquiera de estas promesas, protestas y juramentos (¡no lo quiera Dios!) me someto a las penas y castigos que los Sagrados Cánones y los Decretos generales o particulares establecen y promulgan contra tales infractores. Auxílieme Dios y los Santos Evangelios, que toco con mis propias manos.

Yo, el antedicho Galileo Galilei, he abjurado, jurado y prometido, y  me declaro a mí mismo comprometido como antes he declarado; y en testimonio de la verdad, con mi propia m ano suscribo la presente cédula de abjuración, y la recito palabra por palabra. En Roma, en el Convento de la Minerva, este 22 de junio de 1633. Yo, galileo Galilei, he abjurado como lo declaro con mi propia mano.

 

 

Eppur si muove

(sin embargo, se mueve)

 

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1 comentario »

  1. madre mia!!!!!…..uf….entre que estoy con música de fondo y que hoy te me has puesto intelectual……qué puedo decirte???….en el fondo….no hay cúspides…nosotros nunca la veremos, en relidad somos simples granos más en esa pirámide….Yo a aveces pienso, que el mundo que hoy vivimos, lleno de tecnologia, de adelantos de…..dentro de 50 años, nuestros descendientes lo verán como un mundo anticuado….se reiran de nuestras pintas lo mismo que nos reimos de las de los años 60, verán un móvil y pensarán que qué carca es….y así todo….uf…asusta…..Bueno, no se si me he salido del tema pero es lo que me ha sugerido….chica no te pongas tan seria…besos

    Comentario por circe — 13 febrero, 2008 @ 21:18 | Responder


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