Ya veremos…

27 octubre, 2010

A cada cual peor

 

«Si lo llego a saber, le insulto antes»

 

Ni la curia, ni los políticos, ni tan siquiera los hombres de letras… No hay clase. No se salva nadie, estamos inmersos en una era de cutrería y barbarismo, en la que el que más burro sea, más premios se lleva.

 

Ahí es nada:

2.000 fans más siguiendo el twitter de Perez-Reverte en cosa de 24 horas.

¿Tras la salida al público de su última novela? ¿Tras haber recibido algún galardón a su trabajo de escritor? Pues no, tras decir que Moratinos es un «perfecto mierda«.

 

Al más puro estilo de la novela Ácido Sulfúrico que comentaba hace un par de días, el público y los medios alentamos con un extra de atención aquello que criticamos como inaceptable. Es de entender que el autor, lejos de rectificar su insulto, presuma de la popularidad ganada y lamente no haberlo hecho antes. En teoría esto es sencillo, se trata de no premiar con nuestra atención aquellas conductas que no son deseadas, como con los niños pequeños… Pero no, inflamos los índices de audiencia de lo que (según decimos) despreciamos, llevamos a los titulares a quienes perpretan ignominias (¿cuántos ejemplares de más venderá Sanchez Dragó de ese libro gracias a la publicidad que le estamos dando?), y abarrotamos de fans el ego en forma de twitter de Perez Reverte. ¿Cuántos de esos 30.000 seguidores habrán leído sus libros? Sospecho que es más fácil ganar fans mediante el insulto soez y barato que gracias al buen trabajo.

 

A mi empezó a gustarme hace años Perez Reverte por su verbo ágil y su crítica mordaz y afilada… pero a lo de describir a alguien como «un mierda», sea por lo que sea, no le veo ningún filo ni gracia. Y lo peor es que tampoco es una excepción lamentable, un mal día, un error imperdonable… Es lo que va siendo habitual.

Qué digo yo que qué lástima de T de la Real Academia, qué desperdicio del tesoro castellano, tan rico en todo (incluso en insultos brillantes). No me parece que haya que ser muy diestro en el uso de la lengua, ni especialmente inteligente, para decir que alguien «es un mierda». Me parece más bien una barriobajería impropia de alguien que se supone que es estandarte del castellano y de nuestra literatura. ¡¡Que le quiten la T!! Bueno, en realidad… me parece una barriobajería impropia de cualquiera que tenga las más mínimas habilidades para expresar opiniones de forma inteligente y argumentada.

En fin… ya he leído mucho de este hombre y tampoco es que me haya parecido gran cosa. Salvo de la quema El Maestro de Esgrima, y no digo que no me entretuviera con varias de sus otras novelas, como El Club Dumas (mejor que la peli), pero la mayoría de ellas tampoco me dejaron una huella precisamente como para echar cohetes.  A mi, si fuera escritor, me dolería en el alma que me siguieran más por mis chavacanadas que por mis obras, y que esos 30.000 seguidores vengan atraidos por la polémica en vez de por mis novelas… pero está visto que no todos valoramos igual las cosas.

 

A este paso, me quedo sin autores.

 


 

1 junio, 2010

CAPERUCITA Y EL LOBO MACHISTA, del Reverte

 
Fantareales cuentosias
 
CAPERUCITA Y EL LOBO MACHISTA, del Reverte
 
En la penilla de hacer tanto tiempo que no piso por estos lares, que ya hasta me huele a desierto el blog cuando asomo, y hasta he visto un par de cosas de esas que pasan dando vueltas entre el polvo en todas las pelis del oeste… pues pensé en poner un comentario sobre eso de que «en los coles de España miles de niñas son violadas todos los dias y educadas para asumirlo como algo normal» (Juan Manuel de Prada, Intereconomia -dónde si no van a soltar tales barbaridades con salero y alegría-).
 
Pero entre medias, como soy multitarea y por un lado exploro webs y por otro abro el blog y por otro leo el correo y por otro echo el ojo a SIGNApuntes… pues por uno de esos lados, me encontré con este relatito de Perez Reverte, que una de las bugambitas de paspasdigamelón me ha enviado por email. Me ha recordado la estupidez esa de la ministra de igualdad proponiendo prohibir los cuentos infantiles tradicionales por machistas (todo tiene su lugar y su momento, y hay formas mejores de educar que censurando los clásicos). También me ha recordado un poco una conversación de esta mañana, en la que una compa y yo meditábamos sobre si poner educador, educadora, educad@r, educador/a, educadores y educadoras… Y es que esto de la igualdad de género y el lenguaje no sexista a veces acaba revertiendo en lenguaje idiota. Que será muy paritario, pero a mi lo de los vascos y vascas y los miembros y miembras del senado no me convence, ¿qué hay con el principio de economía del lenguaje? Eso no suena nada económico, no hay fluidez, es artificial… no mola. Y la lengua tiene que molar.
 
Igual es que es más sencillo que todo eso, y lo que hay que hacer es pensar menos en las concordancias de género y ACTUAR de forma igualitaria. Que seguro que tras una vida de buen ejemplo, a ninguna niña se le ocurre arrastrar su vida a la sombra de la de ningún príncipe azul, por muchos cuentos de hadas que le hayan leido sus mayores (que seguro que además, los disfrutó un montón fueran o no sexistas -además, que hay muchos, oiga, tambien se puede tirar de la diversidad, ir alternando, leer de todo y solucionado-)
 
Bueno, pues eso… a punto de salir pitando para mi última clase de valenciano (el dissabte la segona prova, la primera no fue mal del todo, ya veremos esta…) os dejo aquí este cachito de Reverte, y el link a su web oficial. ¡Que lo disfrutéis! A mi me ha gustado.
 
 
 

CAPERUCITA Y EL LOBO MACHISTA. Pérez Reverte

 

Hoy me he levantado con talante. Como después de haber publicado El pequeño hoplita –le tomé el gusto a la narrativa infantil, he decidido echar un cable.

 

 Ayudar a que nuestra ministra de Igualdad y Paridad, Bibiana Aído, rubia joya de la corona, haga realidad su bonito proyecto de conseguir que los cuentos tradicionales para pequeños cabroncetes sean desterrados de escuelas y hogares, y dejen de ser un reducto machista, sexista y antifeminista.

 

 O que, expurgados y reconvertidos a lo social y políticamente correcto, contribuyan, ellos también, a la formación de futuras generaciones de ciudadanos y ciudadanas ejemplares y ejemplaras. Como está mandado.

 


Al principio pensaba hacerlo con el cuento de Blancanieves y las siete personas de crecimiento inadecuado; que, como sostiene Bibiana, requiere, título aparte, una remodelación general urgente.

 

 Pero ciertos indicios de intolerable violencia machista en la casita del bosque, como que sea una mujer quien cargue con todas las labores del hogar, o que no haya paridad de sexos en el número de individuos que trabajan en la mina –su número impar complica además el asunto–, me decidieron a dejarlo para más adelante.

 

 

Lo intenté luego con La soldadita de plomo y ploma; y no es por echarme flores, pero lo tenía casi resuelto. Una soldadita de plomo de la ULFF –Unidad Legionaria Femenina Feroz–, terror de los talibanes afganos y de los piratas del Índico, impedida en su extremidad locomotriz por haber caído poco metal en el molde cuando la fundían. O sea, incompleta física de una pierna, para entendernos. O no. Lo que antes se decía, en jerga fascista, coja. Y que, desde su repisa en el cuarto de juegos de una niña, se enamora de un bailarín de ballet de papel maché que está enfrente, puesto tal que así, de puntillas, y que tiene una bonita lentejuela de plata en el prepucio.

 

 

 Se lo leí a mi hija por teléfono, a ver qué tal iba la cosa; pero al llegar a lo de la lentejuela me aconsejó dejarlo. Te van a malinterpretar, dijo. Así que al final me decidí por un clásico inobjetable: Caperucita Roja. Y está feo que lo diga, pero la verdad es que lo he bordado. Creo.

 


Caperucita Roja camina por el bosque, como suele. Va muy contenta, dando saltitos con su cesta al brazo, porque, gracias a que está en paro y es mujer, emigrante rumana sin papeles, magrebí pero tirando a afroamericana de color, musulmana con hiyab, lesbiana y madre soltera, acaban de concederle plaza en un colegio a su hijo.

 

 Va a casa de su abuelita, que vive sola desde que su marido, el abuelito, le dio una colleja a Caperucita porque no se bebía el colacao, ésta lo denunció por maltrato infantil, y la Guardia Civil se llevó al viejo al penal de El Puerto de Santa María, donde en espera de juicio paga su culpa sodomizado en las duchas, un día sí y otro no, por robustos albanokosovares. Que también tienen sus necesidades y sus derechos, córcholis.

 

 

El caso es que Caperucita va por el bosque, como digo, y en éstas aparece el lobo: hirsuto, sobrado, chulo, con una sonrisa machista que le descubre los colmillos superiores. Facha que te rilas: peinado hacia atrás con fijador reluciente y una pegatina de la bandera franquista, la de la gallina, en la correa del reloj.

 

 

Y le pregunta: «¿Dónde vas, Caperucita?». A lo que ella responde, muy desenvuelta: «Donde me sale del mapa del clítoris», y sigue su camino, impasible. «Vaya corte», comenta el lobo, boquiabierto. Luego decide vengarse y corre a la casa de la abuelita, donde ejerce sobre la anciana una intolerable violencia doméstica de género y génera. O sea, que se la zampa, o deglute. Y encima se fuma un pitillo. El fascista.

 

 

Cuando llega Caperucita se lo encuentra metido en la cama, con la cofia puesta. «Que sistema dental tan desproporcionado tienes, yaya», le dice. «Qué apéndice nasal tan fuera de lo común.» Etcétera. Entonces el lobo le da las suyas y las de un bombero: la deglute también, y se echa a dormir la siesta.

 

 

Llegan en ésas un cazador y una cazadora, y cuando el cazador va a pegarle al lobo un plomazo de postas del doce, la cazadora contiene a su compañero. «No irás a ejercer la violencia –dice– contra un animal de la biosfera azul. Y además, con plomo contaminante y antiecológico. Es mejor afearle su conducta.» Se la afean, incluido lo de fumar. Malandrín, etcétera. Entonces el lobo, conmovido, ve la luz, se abre la cremallera que, como es sabido, todos los lobos llevan en la tripa, y libera a Caperucita y a su provecta. Todos ríen y se abrazan, felices. Incluido el lobo, que deja el tabaco, se hace antitaurino y funda la oenegé Lobos y Lobas sin Fronteras, subvencionada por el Instituto de la Mujer. Fin.