Ya veremos…

21 noviembre, 2010

Adios, Mister Berlanga

Filed under: Cosas del dia a dia — Chus @ 11:39
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Murió Berlanga hace unos días, según he leído por ahí, tranquilo tras comerse una tortilla de patata (buen dato, seguro que se fue feliz). Ultimamente ya he dicho varias veces que se amontonan las bajas, nos van dejando los grandes a los que nos acostumbramos en la literatura, el cine, la vida política… En fin, ley de vida.

Me caía bien Berlanga, más allá de gustarme -que me gustaban- sus películas. Me gustaba su anarquía pacífica, la forma amable de hablar de sus vicios y los de los otros, de sus actores, del cine, de la vida… Estos días, con tanto documental y homenaje, he ido aprendiendo a poner nombre a lo que sus obras me transmitían: ese caos abigarrado, el amontonamiento de gentes en espacios pequeños y secuencias largas (que resultó llamarse coralidad), esas manías y fetichismos suyos que a mi simplemente me hacían ver los personajes humanos, con las tonterías, morbos, aficciones y momentos escatológicos que todo el mundo tiene por el siemple hecho de ser eso, seres humanos…

Ayer vimos -ooootra vez- La Vaquilla. Qué gran peli. Seguro que una guerra civil siempre está llena de personajes y circurstancias como las de La Vaquilla. Qué caray, si te toca en un bando o en otro por chiripa… teniendo yo tabaco y tú papel… ¿vamos a dejar de fumar por ser enemigos? Un español, no. Un español intercambia papelillas y tabaco con el enemigo en marcial confraternización, y luego cada cual a su trinchera. A lo Gila.

Lo que es la vida mi teniente. Aquí en pelotas… y ni enemigos ni ná. Y, además, nos invitan a desayunar
(Brigada Castro – Alfredo Landa).

Y en su recuerdo, unos versos del Sabina poeta. ¿Qué mejor? Me encanta Sabina:

Del imperio austro-húngaro, estreñido,
por falta de sonrisas verticales,
a Tombuctú, provincia del olvido,
partió don Luis, en bici de pedales.

Pero, si el arcabuz de cierta estrella
cegó a Pablo camino de Damasco,
al olor de charanga con paella
no hay Berlanga que no tome del frasco.

Y acampó en Calabuch, dos o tres meses,
entre cristianos, moros de paisano
y falleras que fallan con franceses,

y, en plena mascletá, rezando un credo,
ante el altar de un culo valenciano,
se le escapó del alma: tengo miedo.
 

Berlanga, ¡siempre grande!