Ya veremos…

24 mayo, 2011

«¡ INDIGNAOS !», de Stéphane Hessel (prólogo de J.L. Sampedro)

«¡INDIGNAOS!»

Stéphane Hessel
Con prólogo de José Luis Sampedro.

Stéphane Hessel nació judío en una Alemania a punto de entrar en guerra. De eso hace mucho tiempo. Hessel, casi casi tan mayor como mi abuela, se aproxima a la centena con la experiencia  de haber formado parte de la resistencia francesa y haber sobrevivido a un campo de concentración, y nos llama a nosotros, que de eso sabemos lo que nos contaron las pelis americanas (hoy ya casi ni eso, las nuevas generaciones no tienen la II Guerra Mundial como tema en sus tardes de cine), a defender la libertad. Qué grande suena… hasta suena un poco ridículo así dicho «defender la libertad«.

El caso es que su llamada al enfrentamiento pacífico y la protesta, ha sido considerada por muchos el motor ideológico del movimiento que ha llevado a una generación (y a muchos de sus mayores) a convertir las plazas en una especie de nuevas barricadas.

Hessel, el último de los redactores vivo de la Declaración de Derechos Humanos de 1948, y Sampedro, nuestro académico y premiado, son en cierto modo los abuelos (diría padres, pero a su edad…) de la spanishrevolution. Incluso aunque muchísimos de los indignados españoles, tanto de los que toman las plazas como los que se indignan en casa, posiblemente ni siquiera sepan quienes son.

«¡Indignaos!» es un libro tan cortito que casi ni es libro. Publicado ronda las 30 páginas, en el pdf, ni eso. ¿Os animáis? Os prometo que encontraréis no sólo un grito ideológico y una llamada al humanismo y la revelión pacífica, si no también una lectura interesante y amena.


10 marzo, 2011

Premio para Jose Luis Sampedro

 

«Habría que apostar por un desarrollo
que en vez de buscar más buscara ser mejores».

 

 

Lo dijo ayer, miércoles 9 de marzo, Jose Luis Sampedro en el discurso que dio al recibir Orden de las Artes y las Letras de España de manos de la ministra de Cultura, «laSinde». Con 94 añitos de edad, (casi casi alcanza a mi abuela, que cumplió 99 hace nada), si tardan un poco más en premiarle ya no llegan. A propósito, en sus textos escritos hasta el 2007 y recopilados como «Economía Humanista» ya predijo la crisis (Marga, tú no leas eso último, pasamos de crisis).

Este es otro de los que SI he leído, tres veces más relecturas, que yo sepa (a no ser que haya leido algo suyo sin enterarme que lo era, bastante habitual en mi), así que voy a  aprovechar para recomendaros los tres títulos, porque en si mismos, siendo poquitos, nos dan bastante diversidad para todos los gustos:

Para los que gustéis de historias cotidianas llenas de ternura, amor, familia, despertar de la alegría y la fortaleza, tenéis “La Sonrisa Etrusca”. Si preferís la transgresión de un texto cargado de erotismo y sexualidades alternativas, “El Amante Lesbiano”. Y para  quienes preferís el romanticismo fantástico en un pasado exótico y con sus puntitos mágicos… “La Vieja Sirena” (oooh… que gonitooo… Y largo, aviso).

– Te creo. Sólo siendo inmortal, siendo una diosa, podías darme lo que me has dado.

– No es por ser diosa; dejé de serlo – se distancia ella un poco, empeñada en ser comprendida -. Al contrario, te di tanto por ser mujer. Los dioses no viven; sólo existen. Y yo quería vivir, y en ti estoy viva

 

A mi los tres me gustaron mucho.

Y para un vistacito rápido a su vida, bibliografía y demás historias, como siempre, os propongo una web en la que hay una página personal del autor y la lectura de «Tras la Frontera»el discurso de 2 de junio de 1991 con el que tomó posesión del sillón de la F en la Real Academia.

26 enero, 2008

Trata de Por la lectura

Cita

Por la lectura

Hace algún tiempo, Papyrum se adhirió a la campaña en contra del préstamo de pago en bibliotecas. Magalí nos envía estas palabras de José Luís Sampedro, que aquí os dejo sin añadir comentario, ya que hablan por sí solas. Juzgar vosotros mismos.
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Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era
suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus «clientes» éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
 
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas.
 
Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
 
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
En la vida corriente el que paga una suma es porque: a) obtiene algo a cambio. b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
 
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autorcargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
 
José Luis Sampedro
Por el placer de la lectura.
Enviado por Magalí