Ya veremos…

16 octubre, 2012

Feliz cual fetichista de los huevos fritos con sartenes nuevas

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Aunque el poema es triste, a mi me ronda desde ayer en la cabeza porque es uno de esos que venían en mi librito “Los 25.000 Mejores Versos de la Lengua Castellana” y que memoricé por el simple placer de hacerlo, lo que le vuelve uno de mis favoritos. Y es de Miguel Hernandez. Y sobre todo: tiene sartenes. Por eso me ronda.

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Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.

Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro.

Miguel Hernández.


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Y es que estoy más feliz que una fetichista de los huevos fritos con sartenes nuevas.

Lo que podría ser una metáfora (mmm… simil? comparación? metonimia?… hay que repasar las figuras literarias) si no fuera porque es literal: tengo sartenes nuevas y me declaro fetichista de los huevos fritos.

Si no comprendes mi felicidad sin duda es porque no eres el cocinero habitual de tu cocina, y no has conocido ese sufrir angustioso de la sartén “que se pega”. Sobre todo, la que se pega “a veces”, pero no siempre, y que te pone cada vez que agarras un huevo al filo de la bipolaridad, entre la euforia y la rabia más absoluta, pendiente de ver qué pasa.

Anoche por fin disfruté el paroxismo de ver cómo mi huevo, que cociné más por estrenar la sartén que por otra cosa (bueno vale, por zampármelo también), se deslizaba con elegante bamboleo por la superficie de mi sartén nueva, resbalando sobre las apenas dos gotitas de aceite que le puse. Ya, así es más a la plancha que frito, pero había que poner a prueba el “no se pega” a conciencia.

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Grandes fetichistas de la historia me acompañan en mi parafilia personal. Dalí, sin ir más lejos, tenía entre sus muchas obsesiones una especial querencia por los huevos. Dibujó muchos huevos fritos. Huevos fritos con caracoles, teléfonos y cuchillas de afeitar, huevos fritos al plato pero sin el plato (de este hay al menos tres distintos, que yo haya visto), huevos a caballo sobre pan francés intentando sodomizar a una miga portuguesa (que a propósito, es el que puse arriba)… Es que era Dalí. Era en sí, lo que viene a ser comúnmente denominado RARO.

A veces hasta los freía y todo… aunque para fines también raros:

“Salvador Dalí sedujo a muchas mujeres, en especial a mujeres norteamericanas; pero estas seducciones acostumbraban habitualmente a consistir en hacerlas acudir a su apartamento, desnudarlas, freír un par de huevos, colocarlos en los hombros de la mujer y ponerla de patitas en la calle sin haber articulado ni una sola palabra”

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Yo soy una fetichista mucho más normalita: los frío y me los como. Bajo amenaza de divorcio si el medio limón me explota la yema.

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Ah, como curiosidad, ahora que empieza casi casi a oler a navidad: hay un belén tradicional murciano que se llama “del huevo frito”. Pero no tiene huevos, se llama así porque es muy colorista y la cuna de paja con la aureola del niño Jesús recuerda un huevo frito.

3 comentarios »

  1. A los buenos días:

    Ni te imaginas lo que me has hecho llorar… Gracias y, aunque no sé si debo inmiscuirme en tu motivo de placer, pero ejke los huevos fritos son mi cruz, un reto que creo que jamás superaré.
    Ejke soy incapaz de comerlos como el resto de los mortales (al menos los mortales que tengo a mi vera). Ellos los comen en riola consecutiva asaltando el unte. Y ejke con el pan entre los dedos ensartan de la yema a la boca deleitándose del feliz moje. ¡Qué envidia!
    Supongo que lo mío no es filia sino fobia. Lo cierto que no consigo ese placer de entregarme a mojar los dedos con su escudo de pan pues sé que se debe a malos recuerdos.
    Mi madre consideró que con cinco años ya estaba lista para comer huevos pues muy a su pesar eran baratos, además mi padre trabajaba fuera. Cómo a ella le encantaban decidió hacer de ellos un plato complicado para mí. Sin pan tenía que dejar el plato limpio usando tan solo un cuchillo y un tenedor. Por supuesto mi otro hermano más pequeño comía los huevos disfrutando del arte de comer pan untado frente a mí.
    Puedes creer que disfrutó cuando me contó que, para evitar que se me ocurriera la tentación de imitarle, usaba a mi hermana recién nacida posándole un cuchillo en el cuello. El resto, los siguientes que nacieron a ninguno les restringió tal placer.
    Todo esto, tras perder la memoria, tuvo la amabilidad ella, mi madre, de recordármelo un día de cena familiar y qué sin saber el motivo era incapaz de comer los huevos fritos como el resto…
    Cuando murió mi hermana con 27 años en el 97, nada más incinerarla en Zaragoza, al volver a Logroño preparé sartén para unos deliciosos huevos fritos. Fui incapaz de usar los dedos aunque a ella ya nadie podía hacerle daño.
    Felicidades por esas sartenes que auguran cantidades de estupendos huevos a la plancha, que no fritos. Ni te imaginas la alegría que me das al saber que alguien disfruta de unos huevos fritos así… con tanto gusto. Me reitero: Felicidades.

    Cienes de besitos pal andando y cienes de y pico de abrazos
    Shi.

    Comentario por Shi — 16 octubre, 2012 @ 8:58 | Responder

  2. Hola, ola de mar…
    Te acompaño en ese placer Chus..Me encantan desde que era pequeña, que los quería comer a todas horas. Hasta lamía luego el plato como los perros. Ahora…ejem, no te lo digo.
    Me ha dado ganas de ir mañana mismo a comprarme una sartén nuevecita para que me salgan bien. Si que se sufre, si, cuando se te pega y no sabes si te vas a cargar la yema o si se te va a pasar y se te va a quedar sequita.
    Ea, disfrutemos aún ya que podemos de estos pequeños placeres.
    Un beso
    Aire

    Comentario por Aire — 17 octubre, 2012 @ 23:18 | Responder


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