Ya veremos…

31 marzo, 2010

MIGUEL HERNANDEZ. Por culpa del medio limón.

 

Cosas del día a día

Diez de la mañana, lunes. Sigo con la misma ropa del domingo: ayer me achicharré con ella en el parque infantil de la playa, con insolación incluida, y hoy malamente me llega para recogerme del frío. Acabo de dejar al medio limón en algún lugar al que llegamos pese al gps (todas las calles de este pueblo vienen al revés) y donde pasará ocupado en sus asuntos toda la mañana. Preveo una jornada larga… ¿qué haré yo sola, aquí, tantas horas vacías?

 

He tropezado por casualidad con el centro del pueblo y poco más allá con un centro comercial. El progreso al rescate: ¡ya tenemos dónde aparcar, y gratis! Porque en esas calles adoquinadas, entre palacios, iglesias y conventos, la cosa se prometía difícil. Desde el aparcamiento se ven cercanas las cúpulas y las torres de los edificios del casco histórico. Bueno… tal vez sea un centro urbano propio de paseos agradables… ¿pero cómo arrastraré este frío y este cansancio somnoliento entre claustros y sillares de piedra durante toda la mañana? Casi me arrepiento de haber acompañado al medio limón, pero sólo casi. Es demasiado temprano para estar ya aburrida de mi misma.

 

Como la vida es cuestión de actitud, decido ir pasito a pasito a ver si voy viendo el dia cambiar de color. Lo primero, encontrar la oficina de turismo. Por suerte este pueblo tiene indicadores por todas partes, más que semáforos. Crecen en las esquinas y rotondas como parte de la flora urbana de Orihuela, tantas son las cosas que tiene la localidad para indicar. Una vez provista de mi consabida bolsita rellena de panfletos y mapa local, en el que la amable señorita de información y turismo ha señalado unas cuantas direcciones que debo visitar (a su criterio), la cosa no ha mejorado mucho. Miro a mi alrededor completamente perdida bajo el cielo gris, dando vueltas al mapa entre las manos, incapaz de distinguir un punto cardinal de otro. La cartografía no fue nunca lo mio. Recuerdo la habilidad con la que mi prima la catalana guió una visita común que hicimos a Salamanca hace años (dios santo, ¡cuantísimos años hace!), callejero en riste… O las buenas maneras de Tetxu para esas tareas, planificadora oficial de rutas y viajes de la panda de bugambitas. Lo mio siempre ha sido más bien cosa de intuición. Llegar llego… aunque vaya usted a saber cómo.

 

Total… ante la duda de pa’ donde tirar… desayunemos, que estoy en ayunas.

 

En la cafetería decido dejarme llevar por el corazón y, aunque probablemente no sea más que una casa como cualquier otra, con cuatro recuerdos pelados y poco más…, enviaré los pasos hacia la casa de Miguel Hernández, porque a mi las letras me gustan y porque sí, aunque esté en la otra punta del mapa. Llegaré si llego, y si no, habré estado ocupada en lo que voy y vengo, y algo encontraré que visitar por el camino.

 

Como para confirmar el acierto de mi decisión, me dicen que el mapa no es tan grande, y lo que yo llamaba “la otra punta” está a un cuarto de hora andando. Además el sol ya ha salido del todo y un calor primaveral despeja el cansancio del fin de semana trabajado y mal dormido.

 

Con el estómago lleno y el rostro caliente de sol, Orihuela es bella, muy bella. Por algo su centro histórico está declarado patrimonio. Mil rincones me recuerdan otros rincones de mi vieja pucela, edificios señoriales, la huella de un pasado conventual… ¿Qué es esto…? La catedral, responden las campanas. Que buen día para respirar. ¡Qué giro ha dado la mañana!

 

Voy disfrutando mis horas de turista por Orihuela. Estas piedras no son piedras, son otra cosa. En ese edificio estaba la escuela donde estudió el poeta, no encuentro la casa donde vivió su amigo Ramón Sijé, en este rincón leyó la elegía que le escribió a su muerte (Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano.)

En la casa familiar (Pintada, no vacía: / pintada está mi casa / del color de las grandes / pasiones y desgracias) un enamorado de sus versos me guia brevemente y me suelta, a visitar yo sola (mañana de yo conmigo) el hogar de Miguel. Aquí leyó de crío a Bequer y los clásicos a escondidas de los golpes de su padre, en este huerto leyó y barruntó un futuro de poeta, aquí dormían las cabras (En cuclillas, ordeño / una cabrita y un sueño.) ¡Aquí están el huerto y la higuera de tantos de sus versos!… (Volverás a mi huerto y a mi higuera, / por los altos andamios de las flores / pajareará tu alma colmenera)

 

 Qué le vamos a hacer, a mi me gustan estas tonterías.

 

Al salir me compré una antología poética para reencontrarme con la nana de la cebolla, seguramente el primero de sus poemas que leí, porque entonces en el cole, antes de la LOGSE, se estudiaba a los poetas y todo (dejemoslo en que antes se estudiaba); volver a reencontrar el eco de esos viejos amigos, los versos enamorados del rayo que no cesa, la esperanza entre la pena del cancionero y romancero de ausencias (menos tu vientre / todo es confuso, / menos tu vientre / todo es futuro /fugaz, pasado…) el grito de guerra de hombre libre y comprometido (Para la libertad sangro, lucho, pervivo./  Para la libertad, mis ojos y mis manos,…),…

 

Y recordé que aquel poema que un día memoricé por puro vicio, también era rayo suyo:

 

Tengo estos huesos hechos a las penas

y a las cavilaciones estas sienes:

pena que vas, cavilación que vienes

como el mar de la playa a las arenas.

 

Como el mar de la playa a las arenas,

voy en este naufragio de vaivenes,

por una noche oscura de sartenes

redondas, pobres, tristes y morenas.

 

Nadie me salvará de este naufragio

si no es tu amor, la tabla que procuro,

si no es tu voz, el norte que pretendo.

 

Eludiendo por eso el mal presagio

de que ni en ti siquiera habré seguro,

voy entre pena y pena sonriendo

 

 

De regreso visité el museo de la muralla, que también fue un gran acierto.

Conclusión: FUE UN GRAN DIA. De sol, de luz, de paz y poesía. Gracias al medio limón.

1 comentario »

  1. […] pasear por Orihuela ni leer a la sombra de la higuera en su casa familiar, como aquel día que me regaló el medio limón hace un par de años, (cuando una aún curraba y todo). El poeta del hambre, tantas veces cantado […]

    Pingback por “Que como el sol sea mi verso, más grande y dulce cuanto más viejo” « Ya veremos… — 31 octubre, 2012 @ 8:56 | Responder


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