Ya veremos…

6 febrero, 2008

La tierra de mis veranos

Filed under: Fantareales cuentosias,Yo, mi, me, conmigo — Chus @ 23:10
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trigo

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Yo fui abuelo en esta tierra. Se me quemaron los ojos de mirar cómo doraba el trigo, y cómo se humillaba la cebada cuando el grano era bueno. Mis nietos se llenaban de felices arañazos las piernas, buscando impacientes entre los despojos del cereal segado las pelotas que se escapaban más allá del frontón. Me buscaban para la faena, porque yo sabía cosechar mejor que ellos, aunque fuera pelotas de tenis. Yo les enseñé a tallar tirachinas y a no meterse en el agujero de la gloria cuando el fuego estaba prendido.  Mi mujer, cuando era moza y aún no era mi mujer, cruzaba estas tierras a galope, montando a pelo un macho castaño, para llevar a los hombres el almuerzo al campo. Tenía las manos blancas y hacía flanes para mi y montañas de croquetas para los nietos. Los flanes con el tiempo se volvieron poco finos y lucían agujeros, porque el nieto no quería que se le quitaran las claras y menguara el flan, pero seguían siendo buenos. Aquí no había playa para los nietos, y el río poco a poco fue perdiendo el agua y dejó de haber pozas y sitios de baño, pero sí podían hundir de críos los pies en el grano cuando llenábamos las paneras, y llenarse de polvo de trigo y picores en esa marea de semillas. Y había también una manguera para remojarlos las tardes de verano en el patio, y aspersores en los campos en los que se duchaban en sus correrías sin apearse de las bicicletas.

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Yo fui padre en esta tierra. Mis hijas se pusieron bigudíes en el pelo para la comunión y aquella noche no durmieron por no despeinarse. Oíamos la radio por las tardes mientras ellas cosían y yo reparaba aperos. Yo era juez, y la única bombilla de la calle estaba en mi fachada.

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En verano la casa se llenaba de visitas, ahora los vascos, ahora los catalanes… pero eso fue más tarde, cuando los nietos eran niños, y cuando ya fueron mayores. Cuando ya no se arreglaban aperos, ni había machos ni mulas en la cuadra, ni pollos en la casa durante el invierno. Para entonces la cuadra ya era cochera, y las cochineras del patio un chiscón con chimenea para comer todos juntos cuando el tiempo no nos dejaba sacar las mesas al patio, a la sombra de la parra y de la higuera. La higuera la han quitado, porque después de faltar yo creció mucho y ahogaba el patio. Y ahora que  no está la abuela, los rosales no se cuidan, pero siguen echando rosas, no como las tiendas, reventonas y con tijeretas, pero que huelen a rosa.

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Mi mujer nació en Bilbao. La hija mayor se fue a Barcelona con su marido, aunque nos mandaba a los nietos todos los veranos. La otra se quedó más cerca y cuidó nuestras vejeces, y ahora son sus hijos los que se van a la costa a hacer sus vidas. Yo nací en el Valle y en él viví toda la vida. Allí sigo, bajo la tierra arcillosa del cementerio, haciendo fuegos fatuos para fascinar en verano a los chiquillos por las noches.

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Me gustaba más el pueblo de adobe, con su tacto reseco y terroso. Allí la sombra era fresca y el invierno terrible, aunque nos las apañábamos y vivíamos bien. Ahora las casas son más cómodas, pero me gustaban más antes, con sus muros gruesos como brazos ásperos, eran más como mi tierra.

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No ha cambiado el pueblo ni nada… Hasta tiene una señal de tráfico y página web.

Pero a mí me gustaba más antes.

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Y a mí, abuelo, a mí también.

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No envidio en mi niño que a sus nueve años ya haya ido al Disney de Orlando varias veces, a esquiar todos los años, que haga las vacaciones de parque temático en parque temático y tenga bonos de temporada para pasear por capricho cuando guste por esos sitios que, cuando yo era niña, y siendo yo tal vez privilegiada al compararme como muchos otros, eran el super lujo de las vacaciones. ¡Y no todos los años!, que a Terra Mítica fui con mi ahijada ya prendida al útero de su madre (si lo llegamos a saber, anda que se iba a subir ella a la cosa esa de la caída libre). Sus Play Station 1 y 2, su GameBoy, su Wii, sus ordenadores… No le envidio, no.

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Añoro para él mis cosas de niña, y eso que yo el pueblo lo viví sin vivirlo del todo, como todas las cosas, que pasas por encima sin darte cuenta que un día lo echarás de menos.

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Lamento que él no pueda vivir los veranos salvajes y gitanos, calle y campo de sol a sol y parte de la noche, meter los pies en el trigo y las manos en el barro de los charcos, ser caterva junto con un montón de hermanos y primos, inventar, soñar, buscar estrellas fugaces y luciérnagas por la noche, contar murciélagos, hacer ruido, no estar solo en tus aventuras, pelearte pero poco, jugar a juegos viejos y dificultosamente simples, trepar y caerte, aprender a patinar y caerte, aprender a montar en bici y caerte… y que se caigan otros cuantos a tu alrededor para comprobar que ni eres tú solo el torpe ni se acaba el mundo. Huir del perro de siempre, lanzarte sin tocar los pedales callejón abajo a ciegas ¡y  no matarte!, despertarte con balidos, balancearte entre el asco y la euforia en la matanza, cazar moscas, y más moscas, y más moscas… y luego ahogarlas a todas. Temer a las abejas de la plaza, saltar balones, buscar lagartijas, disparar perdigones, matar pájaros por exceso de cariño, beber del pilón, irte de merienda a los ignotos parajes de la casa del monte o la torre de Mazariegos, comer chorizos de la olla, hacer polos con casera, ¡beber tang!, jugar a tierra blanca por medio pueblo, ya muy oscurecido…

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casadelmonte

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Pobre niño solo, con tantas cosas y tan pocos cómplices. Pobre niño sin tropa ni pueblo.

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Y pobre tonta esta adulta apalancada, que no supo ser sabia y aprovechar mejor aquellos tiempos. ¡Eso si eran veranos!

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3 comentarios »

  1. Bonito el relato del abuelo inhumado… asustando a la gente con sus fuegos fatuos! Pues yo lo más parecido a un pueblo que he visto es cuando me iba a la finca de mis abuelos con mis primos, mi abuelo nos llevaba por los bancales y nos enseñaba los árboles, la casa estaba estaba -y aún está- hecha de mampostería, toda blanca de la cal, había de diez a quince gatos y dos perros -lista y chispa-. Desde luego, era muy de pueblo todo! Recuerdo que nos íbamos a la huerta más cercana caminando por bancales, con los perros siguiéndonos jugueteando, y llegábamos a lo de enrrique, a montar a caballo úno viejete y gordete, que no corría ni nada, sólo montarnos encima vaya-, total, que eso es mi recuerdo de pueblo! Pero allí iba una, dos con suerte, veces al año, el resto lo pasaba pisando asfalto en la ciudad. Tol día por ahí haciendo el gamberro, eso sí, pero urbanita. Viva el campo y el pueblo, claro q sí!

    Comentario por Luisillo — 8 febrero, 2008 @ 11:14 | Responder

  2. Y ese inmenso basurero donde un día jugabamos a galactica y al siguiente a indios y vaqueros…
     
    Un beso

    Comentario por Margarita — 13 febrero, 2008 @ 7:58 | Responder

  3. Y ese inmenso basurero donde un día jugabamos a galactica y al siguiente a indios y vaqueros…
     
    Un beso

    Comentario por Margarita — 13 febrero, 2008 @ 7:59 | Responder


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