Ya veremos…

1 diciembre, 2007

Las alas de marel

Filed under: Fantareales cuentosias — Chus @ 8:51
 
Fantarreales cuentosías
Cuentame un cuento…
 LAS ALAS DE MAREL
 
 

¿Por qué no me amas?

Un frío antiguo le estremeció y volvió torpes sus dedos. La apretó contra sí y la notó bajo sus manos pequeña y dolorida, como tantas veces la había presentido antes de aquel día.

"- Te equivocas, sí que te amo."

Las palabras se formaron solas en su boca, cálidas y protectoras como un bálsamo para la pena de su voz. Pero al apartarle el cabello de los ojos vio cuanta más le quedaba allí y se tragó la mentira. La pena le había llenado de brillos azules la mirada. No importaba de que color fueran sus ojos, la pena siempre se los teñía de azul.

Le acarició preocupado las mejillas y le secó suavemente una lágrima indiscreta. Ella ensayó una risa nerviosa, súbitamente avergonzada, y se desenredó de sus brazos para envolverse con la manta que él había sacado del maletero.

Toma, ponte mi cazadora.

            La ayudó a pasar los brazos por las mangas y le subió luego la cremallera, como si con aquel gesto volviera a cubrirle el alma. Y había tanta ternura en sus intenciones que ella le sonrió y volvió a recostarse sobre su pecho.

            Estuvieron así abrazados algún tiempo, pasándose en silencio una botella de Jack Daniels y mirando la lluvia a través del parabrisas. Cuando la música se acabó, nadie se molestó en darle la vuelta a la cinta, pero para entonces ella ya había dejado de llorar.

            Te voy a contar una historia.– Dijo él mientras encendía un cigarrillo.- Es una historia de amor, la historia de Marel y el Dios Oscuro. ¿La conoces?

No.

            Es muy antigua, de antes de que los hombres empezaran a amar. Y como no sabían amar, tampoco odiaban, ni sufrían por culpa de ningún tipo de pasión. El único dolor que conocían era el que producen las heridas y las enfermedades. Vivían muy felices, quizás mejor que ahora. O tal vez no. Por aquel entonces Marel y el Dios Oscuro eran buenos amigos. Desde que surgieron de las tinieblas del caos para ser lo que eran, los dos habían estado juntos. Y eso quiere decir que habían compartido miles de años, porque ambos habían visto la gran explosión, y el pedazo de roca que surgió de ésta y empezó a girar alrededor de una estrella. Solían discutir apasionadamente bajo las lluvias de meteoritos, o se sentaban en los grandes glaciares a compartir secretos. Marel siempre encontraba los lugares más bellos y sobrecogedores de aquella roca. Su forma imprecisa de diosa sin creyentes se fue volviendo parda como la tierra, a la que a solas llamaba Madre, y su alma echó raíces tan profundas en ella, que llegó un día en que le fue imposible volver a alzar el vuelo. Pero no le importó demasiado, porque allí era feliz y su fiel y único amigo, el Dios Oscuro, tampoco solía ausentarse durante demasiado tiempo.

            Ocurrió precisamente durante una de estas ausencias que llegó El Hombre. Al principio eran animales extraños y solitarios que a Marel, sin saber por qué, le parecieron amenazadores. Quizás por eso, cuando empezaron a juntarse en grupos y a pensar estrategias, Marel bajó de las grandes cumbres a las tierras de las Tribus para mezclarse con ellas. Y preocupada por lo que a su amado planeta podría ocurrirle a la larga en manos de aquellos seres, o quizás porque se aburría en compañía de los otros seres mágicos del lugar, mucho más jóvenes que ella, decidió dar a los hombres algo que combatiera ese lado oscuro que había intuido en ellos.

            Cuando el Dios Oscuro regresó, encontró a Marel mezclando gotas de su preciosa sangre con puñaditos de tierra, al tiempo que cantaba para acallar los llantos de varios bebes que ocupaban su regazo.

             – ¿Qué haces, Marel?

            Y Marel, que ya se había acostumbrado a no oír la voz de ningún dios, se sobresaltó de tal manera que uno de los bebes calló en la redoma de la sangre y estuvo a punto de ahogarse.

            – Pongo un poco de esto bajo sus párpados cuando nacen y así miran con amor la Tierra.- explicó mientras guardaba la redoma y los bebés entre los pliegues de su manto.

            El Dios Oscuro no dijo nada, aunque le inquietaba la idea de que Marel estuviera haciendo semejante experimento con aquellos seres. Luego los dos comenzaron a hablar y a pasear por el mundo de Marel y todo quedó olvidado.

            Algunas charlas después, el bebé que había caído en la redoma cumplió su decimosexto verano. El Dios Oscuro quiso regalarle algo especial, porque en aquel tiempo había llegado a tomarle bastante aprecio. De hecho, era el único ser de aquella raza extraña que le parecía digno de interés, ya que se mezclaban en él las pasiones de los dioses y la felicidad salvaje de los hombres. Marel acogió entusiasmada la idea, e incluso le ayudó a elaborar un talismán mágico para su criatura favorita, ya que en secreto esperaba que el afecto del dios Oscuro por su mascota le retuviera durante más tiempo a su lado. Pero cuando el Dios Oscuro se inclinó sobre la pequeña cabeza para pasarle la cadena alrededor del cuello, vio por un momento el fondo infinito de sus ojos, y quedó de tal modo prendado de su mirada que tomó a la mujer en sus brazos y alzó el vuelo hacia la morada de los dioses, más allá de la última estrella.

            En los dioses todo era exagerado, para eso tenían el monopolio de los sentimientos profundos. Ahora son algo más moderados. La rabia de Marel fue tan intensa, que las cadenas montañosas más jóvenes temblaron y se produjeron aludes en las cumbres y varios poblados de las Tribus quedaron sepultados. Algunas de las razas más antiguas desaparecieron aquel día y no volvió a saberse jamás de ellas.

Enfurecida y apenada, intentó inútilmente seguirles, pero por más que saltaba apenas conseguía separarse de la Tierra, ya que las alas se le habían vuelto raíces. Finalmente se dirigió a la cueva donde el Dios Oscuro solía dormir con ella cuando la visitaba en su amada roca, y lanzó por los aires cuanto encontró a mano, incluida una redoma con sangre y varios bebes. Y entonces, al fondo de un cajón de su cómoda, encontró un extraño objeto que temblaba y despedía un suave calor, hecho como de cristal y seda: Era el corazón del Dios Oscuro, que se lo había entregado algunos miles de años antes para que lo guardara.

Marel tomó el corazón en sus manos y lloró al notar que el calor crecía estando el dios lejos de ella. El dolor era tan insoportable que sus dedos se convirtieron en garras y comenzó a arañar hebras del corazón del Dios Oscuro con las que, pacientemente, fue tejiéndose unas alas nuevas que cosió a su espalda. Luego aleteó y aleteó, toda ella azul de pena, – porque la pena, por si no lo sabías, es azul -, hasta que tan fuerte tiró que se le desgajaron las raíces y ascendió con una brusca sacudida.

Marel destruyó a su rival, por supuesto. La encontró durmiendo en el lecho del Dios Oscuro y tuvo envidia de la felicidad que le brillaba en la piel. Así que se metió el puño por la garganta, hasta tocar con la punta de sus dedos vueltos garras la superficie de su océano de tristeza, y se arrancó la pena para ahogar en ella a la mujer antes de arrojar su cuerpo a la Tierra. Y como cayó desde tan alto, se deshizo en la caída y sus restos se incrustaron en el suelo como semillas que renacen una y otra vez, un trocito en cada mujer, siempre azules de la pena divina. Y eso es todo.

¡No puede ser todo! ¿Qué pasó luego? ¿Cómo acaba?

No acaba: ¡eran dioses! Nunca mueren… Cuando el Dios Oscuro supo lo que Marel había hecho, se le heló el corazón.

– ¡¿Por qué no me amas?!- le gritó Marel.

– ¿Cómo puedo amarte? ¿Con qué corazón amarte? – le contestó. Desde entonces vaga sin amar a nadie ni a nada por entre los hombres, intentando recuperar el calor que le daba aquel ser de ojos infinitos.

Es un cuento horrible.

Él dio una larga calada a su cigarrillo y le acarició con descuido el pelo.

No lo es. Marel huyó volando aquel día y sigue hoy haciéndolo, dejando que el mágico tejido de sus alas heladas se descascarille y vaya desprendiéndose como una escarcha de destellos sobre las cabezas de los hombres. Desde entonces los hombres aman, como los dioses. Y lloran, como ellos. Y a fuerza de llantos han hecho que el mar sea azul…

Ella suspiró y se acurrucó en su pecho, escondiéndole el rostro para que no viera la pena en sus ojos.

¿Por qué no me amas?

Un frío antiguo le estremeció y volvió torpes sus dedos. La apretó contra sí y la notó bajo sus manos pequeña y dolorida, como tantas veces la había presentido vida tras vida.

Te equivocas, sí que te amo.

Fuera, una sombra arrastraba tras sí los desechos inútiles de unas viejas alas deshilachadas.

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